Genuino

El escritor Jacobo Tristán de Luna
Jacobo Tristán de Luna

Doblaba Mariano sobre la cama la última camisa que le quedaba por meter en la maleta: abotonada hasta el cuello, primero un doblez por donde terminaban las mangas, y luego otros dos, a un tercio y dos tercios del largo. Tras guardarla en la maleta salió de la habitación, para despedirse del que durante veintitrés años había sido su jefe.

—Perdón, mi plancha —le dijo al Kombi Z30, el robot que le iba a suceder en el puesto. De hecho, ya venía realizando todas sus funciones desde hacía una semana.

Mariano desenchufó la plancha. El Z30 reevaluó rápidamente la situación: sin plancha, no podía continuar con la pila de ropa que tenía amontonada en la cesta, así que acudió sin rechistar en busca del plumero de limpiar el polvo. El mismo Mariano le había explicado, a lo largo de la semana, dónde guardaba cada utensilio que le iba a hacer falta, e instruido sobre cómo realizar las tareas domésticas:

—El señor es muy puntilloso, sobre todo con sus camisas, que le gustan bien planchadas. A sus premios literarios páseles el plumero todos los días, con cuidado; son muy importantes para él. Ni por asomo le dé utilizar los zorros para trapearlos.

—Descuide: los zorros los utilizaré para cuidar de las gallinas.

Tenía su puntillo de humor el Kombi Z30, aunque maldita la gracia que le hacían a Mariano sus ocurrencias...

Se dirigió Mariano al cuartito de baño que tenía reservado para su uso exclusivo, vació en el váter el agua de la plancha y la dejó en la repisa del lavabo, para que se fuera enfriando. Frente al espejo se atusó su bigotillo de mayordomo. «El robot éste, el baño no lo va a necesitar», se dijo. Allí se quedó arrobado hasta más allá del reflejo de sus ojeras de no haber dormido bien en las últimas noches. Y allí estuvo unos segundo haciendo como que contemplaba su rostro lánguido, hasta que unos golpecitos insistentes sobre el tacón de su zapato izquierdo lo sacaron de su estado de trance.

—¡Quita, coño! —le dijo al Roomba, que andaba barriendo por toda la primera planta. Rectificó Mariano la ruta del aparato de un puntapié blandito. Aquel autómata enano le había librado de barrer en los últimos tiempos, pero fue el primer indicio de lo que estaba por llegar.

Después Mariano infringió, por primera vez, una norma que tenía tajantemente prohibida: la de interrumpir a su jefe mientras andaba encerrado en su despacho escribiendo, o, quién sabe, si dando una cabezada. Picó la puerta y le respondió la voz grave de Jacobo Tristán de Luna.

—¿Sí?

—Señor, ¿puedo entrar?

Fue Jacobo Tristán el que se acercó a abrirle la puerta a Mariano. Se tenía por un hombre llano y horizontal, nada amigo de protocolos y mucho menos de los que remarcan la diferencia de estatus.

—Por más que he intentado en todos estos años que me tutees, no lo he conseguido —dijo Jacobo Tristán, nada más abrir—. Anda, pasa Mariano, y siéntate...

—No va a ser necesario. Sólo venía a decirle adiós, y agradecerle por todos estos años de trabajo.

Mariano observó por última vez aquel despacho que había limpiado casi a diario: el escritorio de madera de nogal, repleto de notas y pilas de folios con anotaciones; los libros por todas partes, en las estanterías, sobre las sillas, y hasta en el suelo; las fotografías de los hijos de Jacobo Tristán cuando eran niños, Tristancito y Libertad, y otras del propio Jacobo Tristán junto a personas famosas, del pasado y del presente, cuyos rostros le eran conocidos a Mariano pero que realmente no sabría decir quiénes eran. También, sobre el escritorio, las figuritas de Tintín, su perro Milú y el capitán Haddock, detrás del iMac que reemplazó al aparatoso ordenador que, a su vez, relegó a la Olivetti a un rincón, como en un museo, sobre una mesa supletoria. Y encerradas en una vitrina para que no les entrase el polvo, una colección de cámaras fotográficas, desde analógicas más o menos antiguas a alguna digital. En fin, el ciclo de la vida...

—No tienes que agradecerme nada, Mariano —dijo Jacobo Tristán—. Al contrario: soy yo quien te da las gracias, por tus años de servicio y, sobre todo, por tu discreción.

Sabía Mariano que el señor se refería a sus escarceos veraniegos, cuando la señora estaba de vacaciones en la casita de Mallorca y Jacobo Tristán se traía a casa a alguna de sus lectoras, con la intención de documentarse para sus novelas, sobre cómo acontecían las relaciones extramaritales. Aquellas ya eran unas aventuras del pasado, mucho antes de finiquitar la relación con la madre de sus hijos. Tras el divorcio, la señora se quedó con la casita de Mallorca, pero al menos Jacobo Tristán se libró de las interrupciones y del ruido de los niños mientras escribía, niños que ya habían estudiado la carrera y trataban de ganarse la vida como podían: Tristancito empezaba a encontrar su hueco en la televisión, como guionista de programas de telebasura, mientras que Libertad se había aventurado en el proyecto político de una agrupación independentista de Mallorca, que no tenía muy claro su padre si le reportaría algún rédito en el futuro.

—Me gustaría también pedirte disculpas, Mariano, por tener ahora que prescindir de tus servicios, pero no me los puedo permitir. Las ventas de mis novelas han bajado mucho, por toda esa competencia de la inteligencia artificial, que genera libros como churros...

—No tiene por qué disculparse, señor. Nos está pasando a todos, que las máquinas nos están quitando el trabajo...

—Ya Mariano, pero, sin ánimo de ofender, no se pueden comparar las tareas del hogar con el arte. Se suponía que las máquinas iban a llegar para realizar las tareas penosas y que tuviéramos más tiempo para el ocio, para leer, para escribir... No al revés, que se encarguen ellas de hacer arte, y nosotros a planchar. Las obras de un escritor son algo genuino que ninguna IA podrá nunca igualar...

—Disculpe mi atrevimiento: en las estanterías de El Corte Inglés hay novelas a montones, como si fueran cajas de perfume, para que cada uno elija la que más le guste. Igual a los lectores les da igual quién escriba el libro o haga el perfume, con tal de que les resulte entretenido o huela bien.

Se dio cuenta Mariano de que tal vez había ido demasiado lejos con aquella metáfora, así que reculó:

—Pero no me haga mucho caso, que yo no entiendo de libros, sólo de camisas recién planchadas... Por cierto; le he quitado la plancha a su nuevo robot. Después de tantos años me he hecho a ella, así que me gustaría llevármela.

—Sin problema, Mariano. Ya compraremos otra...

—Parece mentira, lo que llega uno a apreciar a un simple objeto... Pero bueno, creo que ya me tengo que ir; no quiero perder el bus de las doce y veinticinco, que ya sabe que los sábados pasa de hora en hora.

En realidad, nada sabía Jacobo Tristán sobre los horarios de los buses en aquella urbanización de Somosaguas.

Mientras Mariano iba a recoger sus cosas, Jacobo Tristán sacó de una caja uno de los ejemplares de su última novela, que justo le acababan de llegar aquella misma semana. Tenía la intención de regalárselo a Mariano, así que con su estilográfica le escribió una dedicatoria. Luego acudió al salón, a esperarlo. 

El Kombi Z30 pasaba el plumero por unas estatuillas africanas que Jacobo Tristán se había traído de un viaje al Congo, que para nada interesaron a su ex mujer en el momento de la repartición de las cosas de la casa. Durante aquel viaje al Congo, Jacobo Tristán pudo conocer de primera mano las condiciones de semiesclavitud de los trabajadores de unas minas de coltán. Aquello le impresionó tanto que, aparte de las estatuillas y unas máscaras tribales, de su experiencia congoleña se trajo la idea para una novela que tuvo bastante éxito comercial.

—Perdone que me haya demorado un poco, pero estaba acomodando la plancha dentro de la maleta —se excusó Mariano. No pudo reprimir el vicio de recolocar en su sitio la figura de un cazador Kongo Sundi que el Z30 había derribado con el plumero. Miró a su jefe como pidiendo que lo disculpara, por la injerencia en las tareas del robot. Ninguno de los dos dijo una palabra. 

—Toma, para que tengas un recuerdo —dijo Jacobo Tristán, entregándole su libro.

—¡Ah, vaya, muchas gracias! Ya sabe que no soy mucho de leer, pero al menos ahora tendré tiempo hasta para aburrirme.

—Con esta novela no te vas a aburrir. Te he escrito una dedicatoria; dicen que con el tiempo, un libro se revaloriza si lleva la firma del autor.

Mariano leyó la dedicatoria: «Para Mariano, con afecto, por la pulcritud de su poesía cotidiana»,  y luego el garabato ascendente que Jacobo Tristán tenía por firma.

Ya en la puerta de entrada a la casa, Jacobo Tristán le dio a Mariano ese cálido abrazo que le debía por todos sus años de servicio. Una sensación extraña le produjo al mayordomo ese abrazo, como si estuviera fuera de lugar. Pero a fin de cuentas era lo que tocaba, según el protocolo de las buenas maneras. Jacobo Tristán lo vio partir a través del sendero de cuarcita que atravesaba el jardín, en una mano la maleta de ruedines sujeta por el asa, en la otra su novela en tapa dura. Cuando traspasó la puerta de chapa, aneja al portón de entrada de carruajes, y lo perdió de vista, tuvo Jacobo Tristán el presentimiento de que justo en ese instante empezaba un nuevo capítulo de su vida, pero no uno cualquiera, sino uno de esos en los que se produce un giro importante de la trama.

El Kombi Z30 seguía a lo suyo, ahora liado con el polvo de los premios literarios que Jacobo Tristán había recibido a lo largo de su exitosa carrera. Se dirigió el escritor a su despacho, con el runrún en la cabeza del símil que había hecho Mariano, el de comparar las novelas con los perfumes. Tomó de la caja otro de los ejemplares de su libro y regresó en busca del Kombi Z30.

—Perdona, ¿te importaría darme tu impresión sincera sobre esta novela? —pidió al robot.

El Z30 dejó el plumero a un lado y, con sus manos robóticas, tomó el libro que Jacobo Tristán le ofrecía.

—Claro que sí, don Jacobo. ¿Quiere que haga un análisis literario, o prefiere que hablemos sobre los aspectos en que se podría mejorar?

A Jacobo Tristán le extrañó que se hubiera lanzado a hablarle tan abiertamente a una máquina, y, lo que es peor: que concediera algún crédito a sus respuestas.

—No, no, nada de eso. Quiero que me digas si realmente crees que es una novela genuina, que ninguna inteligencia artificial podría emular. Y por favor, tutéame. Llámame mejor Tristán.

—Como quieras, Tristán. Voy a analizar la novela desde el punto de vista de su originalidad...

El Kombi Z30 tardó menos de un minuto en hojear las páginas del libro, descifrando el texto a la par que iba escaneando las páginas con sus ojos láser.

—Un buen cambio de cromos, lo de una novela sobre una mujer madura que trata de superar sus inseguridades viajando a Cuba para seducir a un joven al que supera en edad y en dígitos de su cuenta corriente, algo más original, desde luego, que la típica historia crepuscular entre un profesor de universidad y su alumna veinteañera. En este caso, creo que puede ser muy del gusto del «consumidor de proxies» femenino, que más que literatura de profundidad busca sentir que está leyendo el diario íntimo de una mujer que pertenece a una élite a la que no tiene acceso. El vino caro, la langosta en el hotel de 5 estrellas de la Habana, los síntomas de la menopausia... Yo creo que la IA es capaz de emular a la perfección este tipo de fetiches y congojas. ¿Quieres, Tristán, que te prepare una estrategia de marketing orientada a ese nicho de lectoras?

—No, no hace falta. Continúa con la limpieza.

—Está bien, Tristán. Si alguna vez piensas escribir una novela, te puedo ayudar con la trama y los detalles.

El Kombi Z30 devolvió el libro a Jacobo Tristán y cogió el plumero. No bien se dio la vuelta Jacobo Tristán para ir a servirse un güisqui, cuando sintió un estallar de cristales, algo amortiguado por la madera de la tarima flotante del suelo.

—¡Oh-oh! —exclamó el Z30—. Parece que el bonito galardón de cristal se ha hecho añicos contra el suelo. Al menos, ahora me llevará menos tiempo el limpiar el polvo. ¿Tristán, quieres que emplee ese tiempo en tratar de recomponer los pedazos, o los tiro directamente a la basura?

Mientras se zambullía de cabeza en aquel Hibiki Japanese Harmony "on the rocks", Jacobo Tristán no tuvo la menor duda: Mariano, en el improbable caso de haber destrozado su más preciado galardón, nunca se hubiera permitido una ocurrencia tan genuina...

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