Art Brut
Almacenaban bidones de agua vacíos sobre el tejado de la nave al que daba la terraza, por si algún día ocurría uno de esos cataclismos que rara vez suceden, para tenerlos a mano y, en un abrir y cerrar de grifo, almacenar agua suficiente como para mantener a salvo a toda la familia durante meses. En caso de extrema necesidad, con ellos podrían llenar las cuatro botellas de agua fresca que guardaban en la nevera, y alimentar al váter y a la lavadora, pero, sobre todo, al humidificador que les aliviaba del calorín estival.
No estaban acostumbrados aquellos inquilinos recién llegados de allende los mares al rigor veraniego de Castilla, ya que procedían, ni más ni menos, que de tierras patagónicas. Tanto era su paranoia, ante la posibilidad de que el secarral les pillara desprevenidos en medio de un apocalipsis, que el tejado, más que a un tejado, empezó a parecerse a una de esas obras de Art Brut propias de un neurodivergente. Todo un panorama feliz y despreocupado de bidones azules dispuestos como canicas a dos aguas, que quedarían olvidados sobre el tejado hasta mucho más allá de cien años, mucho después de que la familia patagónica hubo regresado a su Chile natal. Debieron intuir que la aerolínea transoceánica no les iba a dejar meter tanto bidón en la bodega del avión, y ahí le dejaron ese recuerdo eterno a los vecinos, como de arte marginal.
Si el regalito no acabó formando parte de los tours con los que los guías turísticos de Madrid entretenían a los turistas más exigentes, fue porque en aquel barrio multicolor lo que realmente llamaba la atención era la cantidad de chinos y los farolillos rojos con que adornaban sus negocios, y una decena de relojes de sol pintados sobre diez fachadas que, para ser sinceros, a la mayoría de los habitantes del barrio le traían sin cuidado. Y si alguno consultaba la hora en ellos era más por casualidad, como cuando, por ejemplo, suspirando por el coste de la vida, alzaba la mirada al aire y ahí estaba la sombra del tiempo, recordándole lo efímero del paquete de azúcar y de la vida...






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