En el aire

La exuberante trapecista vasca

Aquel aula tenía algo de patio de butacas de teatro, dispuestas las filas a distintas alturas, a modo de escalera. Solo que delante de las sillas había una mesa corrida con ordenadores, no precisamente del último modelo. Los alumnos, en su mayoría alumnas, andaban desperdigados por toda la clase, como si un dios menor del saber los hubiera sembrado allí a voleo. Menos de media entrada, para el gran espectáculo de mi clase de diseño gráfico.

Me llamaba la atención, casi en la parte del gallinero, un grupo de alumnas vascas, o de ahí deducía yo que eran, por su acento y su alegría retadora y desacomplejada. Tal vez porque me sentía en un círculo de confianza, se me ocurrió, como propuesta de trabajo, un reto provocador:

—Las mujeres son... pero...

En maldita hora mi ocurrencia... La clase se me fue de madre, y quedó convertida en un puesto alborotado de mujeres disputándose, no la mejor ganga en sujetadores del mercadillo, sino la mayor cuota de indignación. Intenté calmar los ánimos, pero un gran peso tiraba de mí hacia abajo impidiéndome sacar un hilo de voz que se alzara por encima de aquel desmadre. En el diseño gráfico ya sólo parecían interesados la alumna y el alumno de la primera fila de butacas.

—Lo de que la frase sea políticamente correcta o incorrecta es lo de menos —les comenté—. Cualquier texto random sirve como excusa para componer un diseño gráfico. Una vez un alumno me pidió que le ayudara a maquetar un folleto para uno de esos círculos primigenios de Podemos. Porque lo mismo te puede encargar un diseño el círculo de Podemos de Carabanchel, que un círculo cristiano.

Me di cuenta de que cuánto más hablaba más la cagaba. Mi improvisada y caótica manera de dar clase hacía que me dejara muchos conceptos clave en el tintero: las guías, el ajustar a guías, el mostrar las reglas para poder sacar las guías de debajo de las reglas, los nodos...

—¿Os he explicado lo de los nodos?

Es así como me vi enredado en una clase paralela, sobre nodos, con esos dos únicos alumnos que me prestaban atención, mientras el cacareo de detrás debatía en lo de que si la mujer blanco o negro. Por suerte, no tardó mucho en llegar la hora del descanso.

Salí del aula para despejarme y dar una vuelta. Aquella academia es tan particular que parece un pueblo, con sus calles, cuestas y revueltas en lugar de pasillos. Y alumnos de todas las edades por todas partes, niños y adultos, como si fueran los habitantes de un pueblo.

Mientras daba mi paseo, me alcanzó una de las alumnas vascas. Enseguida me excusé por lo del lío que había armado con lo de la dichosa frasecita. No le dio la menor importancia, sino todo lo contrario: me sonrió tan amplia y maternalmente como una magdalena mojada en leche tibia. Igual de entontecido que un recién enamorado me dejó. Luego hizo un comentario como si tratara de excusarse por su amplia anchura.

—A mí nunca me han gustado las flacas —le dije—, sino justo las que son como tú.

No bien empezaba a ruborizarme por ser tan bocazas, y ya estaba diciendo ella que no se casó, sino que la casaron. Con su comentario no me estaba dejando claro si estaba disponible, pero yo creo que sí, porque me pasó el brazo por detrás de la espalda y me estrujó, hombro por hombro, contra ella, dando una generosa risotada. Comprobé entonces su ser mullido y tan confortable como el sofá en que me echo la siesta.

Quise saber de dónde era, y me respondió que del Condado de Peñaranda. Andaba yo tan empeñado en que era vasca, que lo confundí con el de Treviño, pero lo curioso es que cuando le pregunté si aquello estaba en Vitoria me dijo que sí. Le debían traer sin cuidado los detalles de su procedencia, porque enseguida me reveló que era trapecista: trabajaba en un modesto espectáculo circense junto a sus hermanas, las otras chicas vascas de la zona de atrás. Por un momento imaginé su enormidad de volatinera haciendo piruetas en el aire, y mi verbo fácil volvió a traicionarme:

—No podría echarme una novia funambulista...

Debí quedar como un idiota, al confundir a una trapecista con una funámbula. Tampoco me desmintió esta vez: desde su trapecio debía estar acostumbrada a pasar por alto las pequeñeces de los idiotas. Caí en la cuenta de que no sabía su nombre, así que con gran vergüenza (siempre trato de llamar a cada alumno por su nombre) se lo pregunté.

—Prefiero ser anónima —dijo con una sonrisa.

Insistí en mi ignorancia e imprudencia, cuando, por segunda vez, le dejé claro mi recelo por las novias funambulistas:

—Me sentiría como la esposa de un guardiacivil, siempre en vilo, no le fuera a pasar algo a mi amada. ¿Sabes que escribí un relato sobre una mujer funambulista y un payaso que estaban enamorados?

Y para demostrárselo, saqué el móvil del bolsillo con la intención de buscar el cuento en mi blog de relatos, pero en lugar del móvil lo que cogí fue mi reloj de pulsera con la pulsera malograda. No me di cuenta de mi despiste hasta que vi las manecillas que marcaban los minutos que quedaban para regresar a clase.

—Qué despistado, y qué desastre soy...

Ella se rio con una gran carcajada, porque así debía gustarle yo, tal como soy, poca cosa desde lo alto y desde abajo. Y yo quedaría encantado, si estuviera dispuesta a acogerme entre sus senos maternales, para arrullarme con una nana cantada en euskera, allá en todo lo alto de su trapecio...

Pero en lugar de una canción de cuna nos alcanzaron sus hermanas, y fue como ir a estamparse contra el suelo desde el trapecio. Aunque eran bien amables, volvieron a sacar el tema de mi frase inoportuna, aunque al menos, eso sí, sin darle demasiada importancia. Otra vez me repetí en todo lo que les había contado a los de la fila de delante:

—¿Os he explicado lo de los nodos?

Tuve que disculparme con urgencia, porque me estaba haciendo pipí. Así que ahí dejé al mini orfeón donostiarra de simpáticas trapecistas, bien amigables que eran, las 3 ó 4 hermanas...

Hasta ese momento en que me quedé solo no me había dado cuenta de lo ridículo que era el babi de escolar, a cuadritos rojos y blancos, que en aquella academia nos obligaban a llevar tanto a alumnos como a profesores. De tal guisa vestidos iban los alumnos que entraban y salían de las aulas que daban al pasillo que en ese momento recorría, un pasillo tan familiar como el de mi colegio. Igual no era más que otro despiste mío, lo de ponerme uno de aquellos babis en lugar de una de esas típicas batas blancas de profesor. Pero como allí todos íbamos con ese babi, incluso los señores que se habían matriculado en algún cursillo, dejé de preocuparme, por mi pueril vestimenta.

Por fin creí encontrar un baño. En realidad, era un vestuario al que se accedía por una amplia entrada sin puertas que hacía chaflán en una esquina. Desde detrás del tabique que servía de parapeto para impedir la vista, se asomó alguno de los niños que debían cambiarse allí, supongo que para su clase de gimnasia. Antes de entrar, me pregunté si no parecería un pervertido en busca de un urinario entre tanto infante. ¡Pero qué coño, me estaba meando!... Así que entré en el vestuario, y aunque algún niño me andaba mirando, no sé si con curiosidad o desconfianza, yo, a lo mío, a encontrar un meadero, que, a fin de cuentas, es lo que se busca cuando uno se está meando en sueños.

Cuando abrí los ojos vi claro el trampantojo que había dibujado mi imaginación: nunca había escrito ningún cuento sobre ningún funambulista, sino más bien sobre un trapecista filósofo al que le gustaba hacer piruetas mentales y compartirlas con el payaso Rudolf, su único amigo en el Circo Pringlend. Hastiado de sus círculos mentales y de la vida misma, el filósofo intentó una inverosímil pirueta que le llevó a estamparse contra el suelo, y al final de sus días de hastío existencial...

Tras aliviar mi vejiga regresé a la cama. Pero ya no pude conciliar el sueño. Mis pensamientos se balanceaban en el aire, siguiendo el busto exuberante de la trapecista. Pensé que tal vez me había escamoteado su nombre para que pasase de largo por lo que no podía ser: una vida de travesuras a espaldas, quién sabe, si de un celoso lanzador de cuchillos. Pero como no soy de olvidar a mujeres así, tan de fantasía, salí de la cama, me tomé un café con leche a palo seco, y me puse a escribir como si en cada palabra me fuera la vida. Pues, como digo, por nada del mundo estoy dispuesto a olvidar, ni pronto ni tarde, a una mujer con la que no me importaría despeñarme, si es necesario, desde las alturas de mi imaginación...

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