Mañana de muertos

Escultura de cementerio de una mujer doliente con una mano tapándose la mitad del rostro
Foto por x1clima

Bajaba la comitiva por el camino del cementerio, a paso de legión derrotada. Aquella mañana de caluroso agosto, encabezaban el cortejo fúnebre el monaguillo, sosteniendo la cruz, y el padre Damián, justo delante del pequeño ataúd blanco. Portaban el féretro los tíos Nicolás, Juan y Matías, más Obdulio, el inseparable padrino y amigo de la familia. En su interior reposaban los restos portales de Adelita, la niña de 6 años. Ya no cumpliría más. Detrás, casi todo el pueblo, empezando por los papás de la niña y demás familiares, también su maestro, don Tobías, y hasta el boticario y el cabo de la Guardia Civil, con el mosquetón al hombro. En fin, todo el pueblo.

No estaba, eso sí, Filomena. Bastante mal vista era su actitud, de no acudir nunca al cementerio. Pero en fin... Ya todos en el pueblo la daban por imposible, a la Filo. Según se rumoreaba, nunca bajaba a un entierro por una superstición suya, de que un muerto llama a otro muerto. Y no andaba desencaminada la Filo...

Nada más pasar la revuelta de la higuera, la mamá de la niña empezó a echar espumarajos por la boca. «¿Qué te pasa Juana?», le preguntó el marido. A falta de médico esa mañana, reclamaron al boticario, para que se acercara a ver qué le pasaba a la Juana. Y lo que le estaba sucediendo era que, momentos antes de salir de casa, se había tomado un bote de pastillas, el bote entero. Pero el boticario fue incapaz de adivinar el mal ni tampoco nadie, puesto que a nadie se lo había confesado la Juana, lo de las pastillas. Allí mismo, en el camino que baja al cementerio, se desplomó por completo la mamá de la niña muerta, echando una baba blanca y espesa por la boca. «¡Pero Juana, Juana, respóndeme, qué te pasa?», le repitió el marido. Los familiares se apiñaron en un corro constrictor en torno a ella, y en torno a ese corro otro más grande, el de todo el pueblo. Los que portaban el pequeño ataúd lo dejaron bruscamente en el suelo desentendiéndose de él, para acercarse también adonde se debatía la Juana, abriéndose paso entre el gentío. «¡El padre Damián, que venga el padre Damián!», gritó el padrino. Pero ya era tarde para la extremaunción, pues la Juana había expirado su último espumarajo. Aun así, el padre hizo una genuflexión sobre el polvoriento camino, y esbozando en el aire la señal de la cruz, pronunció unas bendiciones póstumas.

«Esto se lo cuentan a uno, y no se lo cree», le comentó el maestro al de la tienda de ultramarinos. «Pues mira tú, dos por uno: puestos ya con lo de la pobre Adelita, así aprovecha la familia mejor el día». Vaya ocurrencia la de don Ramón, comparar a la niña y su mamá con un par de sus mercaderías. Pero así de ocurrente solía ser don Ramón, cuando despachaba en su tienda. Lo malo del asunto es que lo sintió pronunciar la comparanza uno al que en el pueblo le apodaban el Gordini, por el coche que tenía, que en realidad se llamaba Rafael. Que por más señas, era el primo carnal de la niña muerta. Le cayó mal el comentario al tal Gordini, y así de primeras, sin más preámbulos ni miramientos, sacó la navaja de Albacete que siempre llevaba encima, en el bolsillo, para pelar la fruta después del almuerzo, cuando iba a trabajar a las olivas. Desplegó la hoja de la navaja y allá que fue, dispuesto a clavársela al ocurrente tendero. «¡Pero adónde vas con eso, Rafael, que te pierdes y te vas a arruinar la vida!», le aleccionó don Tobías. Sería la última de las lecciones que daría el maestro... Por impedir que don Ramón se llevara la cuchillada, se la llevó él en primera instancia, y luego también don Ramón, que cuando al Gordini se le metía algo en la cabeza no había manera de disuadirlo. «¡Anda, ve tú ahora, y di lo del dos por uno, si es que te queda aliento!». Lo cierto era que un dos por uno en toda regla, y en un santiamén, acababa de despachar el Gordini con su navaja de Albacete.

«¡Que venga el boticario, para atender a estos dos!», reclamó alguien que estaba cerca de los acuchillados. «Al tendero ya no va a hacer falta que lo atiendan», dijo otro vecino, que acababa de tomarle el pulso. «¡Pero qué has hecho, desgraciado!», reclamó al Gordini el cabo de la Guardia Civil. Con sus propios ojos acababa de presenciar el delito flagrante y cada uno de sus detalles. El Gordini miró al guardiacivil, y luego a los dos charcos de sangre que iban empapando el polvo, ya de por sí rojizo, del camino. Sin pensárselo dos veces, echó a correr en dirección al pueblo. «¡Alto ahí, Rafael, detente!», le gritó el cabo. Pero el Gordini no hizo caso. El cabo, que era tan de sangre caliente como el que huía, descolgó su Mauser del hombro y, tras amartillarlo, apuntó desde los 50 metros que ya el otro le sacaba de distancia. No le tembló el pulso para descerrajarle, en la base de la nuca, un certero disparo. «Tie usté buena puntería», comentó otro de los ocurrentes del pueblo.

Entre tanto, el maestro se iba desangrando como cochino en matanza, sin que el boticario nada pudiera hacer para detener la hemorragia. «¡Anda chavea, tú que has venido con la moto: acércate adonde su cortijo, a ver si das con el veterinario. Le dices que venga urgentemente, y que traiga sus cosas de curar a las bestias!» El joven de la moto no hizo preguntas. Se encaramó en su motillo, y no fue sino hasta el tercer intento que atinó a arrancarla, de lo nervioso que estaba. Nada más dar la primera curva, para encarar el paso sobre el arroyo, la moto le derrapó, y fue a parar contra el pretil del puente. Del tremendo topetón que se pegó la moto contra el pretil de hormigón, el joven salió volando y fue a caer abajo, a lo hondo del arroyo seco. Poco más de dos metros tenía la caída, aunque por desgracia lo recibió un mullido colchón de zarzas. Dentro de lo que cabe, algo de suerte sí que tuvo el joven en la caída: si no sintió dolor cuando las espinas rasgaron sus carnes, fue porque cayó torcido de cuello, y por esa misma parte del cuerpo se tronchó en el acto.

«¡Andrés, Andrés!», le gritó su hermano, en cuanto llegó a la carrera hasta donde había chocado la moto. «¡Madre, que'l Andrés s'a caío por cima el muro, y anda enganchao entre las zarzas!».

De entre todos los sucesos que había para escoger aquella mañana en el camino del cementerio, la madre del Andrés se había decantado por el corrillo que aún seguía con atención las nulas evoluciones de la Juana. Levantó la mujer la cabeza, al escuchar los gritos de su chico el mayor. Desde lejos lo vio allí de pie, junto al pretil, haciéndole agitados gestos con el brazo: «¡Madre, que'l Andrés s'a chocao con la amoto!». A todo lo que pudo dar de sí, fue acercándose la mujer hasta donde yacía el cuerpo inerme de la moto de su hijo, el más pequeño: «¡Ay, mi Andresillo, c'algo la pasao; mira que no me quiso hacer caso; pa'qué tuvo que comprarse la motillo». Y entre ayes y llantos ajenos, que resonaban de fondo como en una sinfonía trágica, iba caminando al trote la madre, hasta el paso del arroyo. «Si es que las amotos no traen más que peligros», recitaba una de las mujeres del corrillo de la Juana, y otras dos comadres repetían a coro como en novena, «más que peligros, más que peligros...».

Se trompicó la mujer con tanta carrera destinada, y fue a dar de bruces contra el polvoriento suelo. No tardó en acudir el hijo mayor en su socorro, el único que le quedaba vivo, aunque ella aún no lo supiera: «¡Ay, madre, cómo se ha puesto la nariz!...». La mujer sangraba profusamente. Con un pañuelo intentó atajar su hijo el manantial de sangre. «¡Señor boticario, señor boticario!», gritó desesperado. El boticario, que aún sostenía la cabeza de don Tobías, hizo un gesto de imposibilidad. «¡Venga, señor boticario, que mi madre s'a roto la nariz!». «Vaya usted a ver qué quiere el muchacho», dijo al boticario el padre Damián, que ya andaba administrando los últimos sacramentos al maestro. «¡Vaya, vaya, que aquí ya no se le necesita!», insistió el cura. Y le cerró los ojos a don Tobías.

«¡Que vaya, que vaya!...», refunfuñaba el boticario mientras iba yendo. «¿A dónde quieren que vaya, si ni siquiera soy veterinario?»

«¡Madre, ya viene el boticario a atenderla; espérese aquí, que en mientras voy yo a bajar ande s'a quedao el Andrés, pa' tratar de desengancharlo de las zarzas!».

En balde procuraba el joven calmar a su hermano, mientras buscaba la mejor trocha para bajar a socorrerlo sin pincharse con las zarzas: «¡Ya bajo, Andrés, no me tardo; no te muevas ni una miaja!». Y en eso le hacía caso el Andrés a su hermano, en lo de no moverse para nada.

En la otra punta del camino, nadie reparaba en el ataúd blanco abandonado sobre el polvo. Unos metros más allá, donde yacía el cuerpo del Gordini, un grupo enardecido de familiares suyos se encaraba con el cabo de la Guardia Civil. Le reprochaban que para qué le había tenido que disparar por la espalda y desarmado como estaba, si ya su navaja había quedado clavada en el pecho del de la tienda de ultramarinos. «¡Disuélvanse, o ahora mismo me los llevo a todos al cuartelillo y los meto en el calabozo», improvisó el guardiacivil, para tratar de calmar los ánimos de quienes lo tenían rodeado. Pero aquel requerimiento más resultó como un conjuro fallido contra el maligno, y los familiares del Gordini se pusieron a lincharlo. No bien lo derribaron al suelo empezaron a darle patadas, mientras uno de ellos le desbarataba el cráneo con la culata del mosquetón, que entre todos le habían arrebatado.

El enterrador, harto de esperar a los del muerto en el cementerio, se acercó a ver qué pasaba. «¡Con la calor que hace, y no terminan de llegar nunca...!», se lamentó. No sospechó el hombre todo el trabajo que le estaba por caer encima, ni comprendió nada de lo que vio al llegar adonde se había quedado estancada la comitiva: «¿Pero qué hace el ataucillo ahí tirao, en el suelo? ¿Y a esos qué les pasa, que andan tos arremolinaos como pateando un balón de fúrgol? ¡Anda que la polvarea que tien liá!..».

Mientras tanto suceso trágico terminaba de suceder, Filomena andaba tan ricamente en su casa, sin imaginar lo atinada que había estado en su profecía de que «un muerto llama a otro muerto». En cierto modo se entretenía también con la muerte, pues andaba entresacando los hierbajos que, sin su permiso, brotaban entre las gitanillas de su patio: «¡No bajo yo a un entierro si no es estando ya muerta, que'so trae mu mal malaje!», se decía. «¡Que ni los médicos s'an aclarao de c'a muerto la chiquilla, como pa bajar!...», y seguía entresacando hierbas. «¡A saber si no habrán cogío también otros de la familia la susodicha enfermedad anónima!». Tenía mucho miedo la Filo de que le fueran a contagiar algo, y ésa era, más que cualquiera de sus supersticiones, la razón por la que se había quedado en casa. 

Aunque ninguna precaución consiguió librar a la Filo de la picadura de una minúscula araña, que gustaba de hacer sus telares entre los rosales del patio. Fue a cortar Filomena una de las fragantes rosas que hermoseaban el patio, cuando sintió en el dedo índice una leve punzada. Creyó haberse pinchado con alguna de las espinas del rosal. Aquel mordisquito de aparente insignificancia pronto devino en un shock anafiláctico. Sintió la Filo que se ahogaba, que no había manera de coger aire y respirar. Y sin que el boticario ni nadie la pudieran socorrer, allí mismo se murió para más faena del enterrador, sola y en su propia casa. Porque así lo había ella decidido: no lo de morirse, sino lo de quedarse en casa sola, aquella mañana de muertos...

Comentarios

  1. Menos mal que se ha acabado el relato, que nos quedamos sin población en menos de tres párrafos.
    Me ha encantado la Filo, su profecía y su mal bajío. La Juana acabó pronto con la tragedia...
    No he podido evitar acordarme de la muerte de una niña de un año en un pueblo de Jaén en el que viví hace mucho. Todo el pueblo en la Iglesia llorando a moco tendido. Qué duro es eso, pero me has sacado más de una sonrisa con tu historia.
    Un abrazo Miguel

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    Respuestas
    1. "Mal bajío", qué envidiables expresiones tenéis los andaluces (doy por hecho que lo eres). Casualmente, tuve en todo momento en la cabeza el pueblo de mi madre, Sorihuela del Guadalimar, en Jaén, y la cuesta que baja al cementerio, permitiéndome muchas licencias, claro, pues ese camino está asfaltado, no sé si algún día fue de tierra. E incluso creo que tengo la incosistencia del Gordini, un coche a caballo de finales de los 60 y principios de los 70, y yo me imaginaba la historia un poco antes. Un tío mío tenía un Gordini, y siempre me parecieron graciosos el nombre y las hechuras del coche.

      ¿En qué pueblo de Jaén estuviste tú? Sí, muy dolorosa es la muerte de un niño. Mi idea fue bastante gamberra, la verdad. Se me ocurrió empezar con una estampa tradicional de lo más trágico, y convertirla en pura comedia. Como la vida misma, hay que seguir sonriendo, pese a la tragedia. Encaré la idea por la vía del costumbrismo "gore", por decir así.

      Un abrazo Loles y gracias por pasarte por aquí.

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    2. Viví en Villacarrillo once años. De allí era la niña que murió. Trabajé en varios pueblos de la zona. Antes de conseguir plaza en Córdoba trabajé otros once años en Marmolejo. Uno de esos colaboré con la inspección asesorando a maestros con la oposición recién sacada. Visité muchos pueblos pero nunca he ido a Sorihuela. Creo que es precioso.

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    3. Sí, es bonito Sorihuela, aunque no soy objetivo, pues me une al pueblo un recuerdo nostálgico. Qué casualidad que anduvieras por allí cerca. Curiosamente, la casa a la que iba a veranear se la alquilaba mi tía a las maestras durante el invierno. Ya hubiera sido demasiada casualidad que fueras tú una de aquellas maestras. Otra tía mía, y mi abuela, fueron también maestras en Sorihuela.

      Un abrazo, Loles.

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