La mudanza

Furgoneta sobrecargada por la autopista, detrás de un camión
Foto por Woody
Cuando Falconeti, cigarrillo en mano, le propuso al Mochuelo desvalijar el kiosco del viejo Cascales, éste no creyó que su amigo fuera en serio.

-¿De verdad?

-Te lo juro por mis muertos.

-¿Pero cómo le vas a arruinar asín la vida, al viejo?

-Porque se la tengo jurada, desde el otro día.

-¿Por?

-Por na. Cosas mías...

Falconeti echó una calada a su cigarrillo. Por más que el Mochuelo intentó sonsacarle, no quiso Falconeti explicarle sus razones.

-¿Y cuándo piensas dar el palo?

-Esta noche misma.

-Pues conmigo no cuentes...

El Mochuelo, contrariado, mandó a vagabundear, de un puntapié, a una lata vacía de cerveza que holgazaneaba sobre la acera. Luego se marchó a su casa. Falconeti, pitillo en boca, se fue humeando en dirección opuesta.

El Mochuelo era tan amigo de lo ajeno como Falconeti, pero ¿robar a un pobre anciano? Él no podía hacer eso. Cuando eran unos críos puede que tuviera un pase que intentaran buscarle las vueltas al Cascales, a cada rato, para birlarle toda clase de chucherías. Pero ahora era bien distinto. Le daba lástima el viejo, al Mochuelo, con lo mayor que era, que hasta andaba encorvado y tenía, a causa de la artrosis, los dedos como sarmientos. A pesar de su edad, seguía despachando todos los días, tras la escueta ventanilla de su infranqueable búnker de chapa, chuches y golosinas, hiciera frío o calor. Nadie en el barrio entendía por qué no se había jubilado ya.

Le sabía mal al Mochuelo que su socio de toda la vida la hubiera tomado con el Cascales. Pero ¿qué podía hacer él, para evitar que saqueara el kiosco? Él no podía hacer nada. O tal vez sí, si se le ocurría alguna idea de última hora...

Así que a Falconeti no le cupo más remedio que ponerse manos a la obra en solitario. De bien entrada la noche, cuando todo el barrio dormía, desportilló, por el techo, el kiosco. Ya en su interior, no tardó en encontrar la caja miserable en que el viejo guardaba el vuelto. Pura calderilla. Metió luego, en un saco de arpillera, el tabaco, eso lo primero, y todas las chucherías que pudo pillar para sus tres mocosos. La sonrisa maliciosa se le borró en un tris de la cara, en cuanto le dieron el alto:

-¡Policía, salga de ahí dentro sin hacer ningún movimiento extraño!

Una noche destemplada en los calabozos y una denuncia -otra más en su haber- fue todo lo que sacó en claro Falconeti aquella noche. Además de un tremendo cabreo, pues no le cupo duda alguna de que había sido su socio, el Mochuelo, quien le había vendido, por nada, a la policía.

-¡Eres un chivato mierdoso!

-¿Pero qué me estás contando, Falconeti? ¡A mí nadie me llama chivato!

-Ya verás, cuando se entere to el barrio. Te van a hacer la vida imposible...

-¡Tú sí que eres un chivato chismoso, y un cagao, si vas con mentiras y calumnias por ahí! ¡Yo no le he dicho a naide na!

Enojado se fue para su casa el Mochuelo, acarreando el peso de un mal presentimiento, el que le acababa de brotar en la cabeza.

-Papa, que m'as traío.

-Na, qué te voy a traer. ¿Dónde está la mama? ¡Yoli, ande estás, que me voy a cagar en to! ¿Tú no habrás ido con el cuento a la policía, sobre aquel asunto que te conté que Falconeti se traía entre manos? Pa qué tuve que decirte na...

-Pos claro que se lo conté, ya que tú no ibas a tener cojones de hacerlo.

-¿Pero estás tonta, o qué? Ahora Falconeti piensa que he sío yo el chivato, y ma'menazao con que va a poner a to el barrio en contra mía.

-Bien merecío lo tienes, por haberte quedao ahí de brazos cruzaos, sin hacer na. Que ni Falconeti ni tú tenéis corazón, ni sentimientos, ni una pizca de vergüenza, que ni personas sois siquiera. Anda que irle a robar a un pobre viejo asín, sin más, y dejarlo sin na de na...

-Si ya verás tú, cómo al final nos vamos a tener que ir pa otro barrio. Mudarnos de este piso, vamos, en cuanto to el mundo sepa que andamos con chismes a la policía... Vete haciendo a la idea...

-A la idea me tengo más que hecha... Además, que ni me importa que nos tengamos que ir de este infecto barrio, ni de esta casa, que es pura cochambre. Mejor vayámonos pal sur, ande mis primos de Torremolinos, que en esta inmunda ciudad hace mucha calor y ya no lo soporto.

La semana siguiente ya tenían la Yoli y el Mochuelo toda la mudanza preparada.

-Anda Ezequiel, deja de dar por culo ya y tira pa la furgoneta.

-Papa: a la casa ande vamos, ¿tiene piscina?

-Por descontado. Piscina municipal. ¡Yoli, date prisa, que te estamos esperando!

-¡No seas tan agonías, Dios! ¿Es que no ves que me estoy dispidiendo de las vecinas?

Sentado en su furgoneta, con el motor encendido, esperaba el Mochuelo a su mujer cuando por la acera, cerca dé él, fumándose un pitillo, pasó Falconeti. Ya que lo vio, Falconeti a su socio, al volante de la furgoneta, quiso acercársele para decirle unas cuantas palabras.

-Siento que tengas que irte, Mochuelo, pero ya sabes: aquí, en este barrio, no nos gustan los chivatos.

-Pos entonces también tendrías tú que marcharte, que has ido por ahí, a to er mundo, con el cuento de que soy un chivato.

Falconeti dio una calada a su pitillo, larga y honda, dándose tiempo para pensar lo que iba a responder.

-Si eso es to lo que vas a decirme como despedida, pos hala, Mochuelo, que te vaya bien. Adiós.

-Pos eso digo yo también: ¡hala, vete por la sombra!

Ya estaba Falconeti yéndose por la sombra, cuando el Mochuelo le dio una voz.

-¡Falconeti! Sólo una cosa: ¿por qué la tomaste con el viejo Cascales?

El que iba fumando desanduvo sus pasos. Tras echar la calada número cien del día, soltó, por la nariz, una densa bocanada.

-Por na. Porque no quiso fiarme un cigarro.

-¿Por eso na más?

-Na más por eso. Es que andaba yo con el mono de tabaco y sin un puto duro, y me sentó mu mal que no me adelantara ni un pitillo.

-Peor le sentó a la Yoli que le fueras a robar al viejo. Fue ella, y no yo, quien dio el aviso a la policía.

-Ah, vaya... ¿Entonces no fuiste tú?

-Por supuesto que no.

-¿Y pa qué le fuiste a contar na a la Yoli, con lo que son las mujeres?

-No le tengo secretos.

Falconeti hizo un silencio breve, que se desdibujó en el aire junto a sus últimas dudas y la nube de humo que expulsó por la nariz.

-Pa que te vayas a fiar de una mujer... Bueno socio: no le diré a naide que te chivaste de que la tuya tiene la lengua mu larga.

-Ahí la ves: no para de rajar con las vecinas. ¡Yoli, por tu madre!, ¿quieres venir de una vez, que nos tenemos que ir ya?

Un minuto y medio después, cuando la Yoli tuvo a bien subir a la furgoneta, Falconeti arrojaba sobre la acera, exprimida al máximo, la colilla del último cigarrillo que venía fumando. "¡Mierda de vicio y de mudanzas!", se lamentó en su interior. Viendo cómo por la calle se alejaba la furgoneta, le taladró la certidumbre de que allí dentro, junto a los embalajes de cartón y los muebles destartalados, iba algo muy suyo, que jamás volvería a recuperar...

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