La enfermiza manía
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| Foto por Jonathan Kos-Read |
Si es que algún inabarcable mar se me antojó, allá que fui a cruzarlo en solitario, sin que nadie más que yo tuviera que bogar por una quimera, ni mucho menos malgastar una pizca de su alegre juventud por las ideas que, ya por dentro, ya desde fuera, mi alma percutían.
Y cuando naufragué en cada una de mis islas, salvo yo, ningún hermano o primo tuvo que perecer de incertidumbre, hambre o sed, ni tampoco a consecuencia de los cientos de mentiras, o millones de verdades, que pudieran encerrar mis desatinadas o sesudas elucubraciones.
Encaré los agrestes páramos de la conciencia sin otras sandalias más que las mías, las que yo mismo pergeñé, y a lomos de mi única y débil ilusión cabalgué, solo, meditabundo, ya fuera persiguiendo espejismos de certeza o hacia la auténtica y definitiva derrota. Jamás eché mano de escudero alguno, que tuviera que soportar la carga de mi desdicha...
Y si alguna vez, por azar, alcancé un atisbo de edén, no me fue permitido disfrutarlo: muertos de envidia, embaucadores y codiciosos espíritus me lo negaron, precisamente los mismos a los que nunca pedí que me acompañaran. Sólo ahora, al final de mi solitario vagabundear, puedo confirmar lo que ya veía venir: que las agradables playas del trópico están vetadas para los espectadores que pretenden contemplar los atardeceres exclusivos. Una vaina, toda esta sed de negación, y la enfermiza manía de implorar esbirros a cada rato, para las locas, o cuerdas fantasías, de uno mismo...






Comentarios
Me gusta leerte. Un abrazo Miguel
Un placer miguel, vendré mas seguido..
Saludos!
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